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Taller “Costuritas”, espacio de trabajo de Yoana López. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Por: Melanie Escalante Góngora
La historia de Yoana López refleja las condiciones laborales que enfrentan miles de costureras en México, en una industria marcada por la precarización y el consumo acelerado.

Taller “Costuritas”, espacio de trabajo de Yoana López. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
El sonido constante de las máquinas de coser llena el pequeño local mientras las agujas atraviesan telas una y otra vez. Con las manos marcadas por años de costura y la música sonando a todo volumen, Yoana López recibe a sus clientes entre montones de prendas por reparar en “Costurita”, un taller dedicado a arreglos textiles que forma parte de una franquicia en México. Antes de comenzar cualquier arreglo, examina cada pieza cuidadosamente: toca las telas, revisa las puntadas y piensa cómo transformar ropa dañada para devolverle una segunda vida.
Desde hace 25 años, Yoana López se dedica a la costura, un oficio que aprendió por necesidad económica y que hoy representa su principal fuente de ingreso y el sustento de su familia. Como ella, miles de mujeres forman parte de la industria textil en el país, un sector marcado por la informalidad, los bajos salarios y el auge del fast fashion, donde las prendas son cada vez más baratas, pero el trabajo detrás de ellas continúa siendo precario. Tan solo en México, 1.1 millones de personas trabajan en la industria de la indumentaria y, de acuerdo con un informe de Data México, el 81% lo hace desde la informalidad, siendo las mujeres quienes enfrentan condiciones laborales aún más precarias dentro del sector (Olvera, 2025).
Por ende, el trabajo en el taller requiere tiempo, paciencia y esfuerzo físico constante, aunque muchas veces es percibido por sus clientes como “una costura rápida”, sin considerar el proceso, el desgaste en el cuerpo y las horas de trabajo que hay detrás de cada reparación. Entonces, ¿qué hay realmente detrás de una simple costura?
Puntadas que sostienen historias
Aunque hoy la costura representa el sustento de su familia, Yoana nunca imaginó dedicarse a ello. Durante su etapa escolar llegó a aprender costura en la secundaria, pero en ese momento era una actividad que no disfrutaba. Sin embargo, el oficio ya formaba parte de su entorno familiar: su madre estudió diseño y otras mujeres de su familia también trabajaban como modistas.
“Era lo que más odiaba”, recuerda entre risas. “Y es lo que mira, me ha sacado adelante”.
Con el paso del tiempo, aquello que parecía lejano terminó convirtiéndose en una herramienta de trabajo, estabilidad económica y aprendizaje cotidiano. Lo que comenzó como una necesidad terminó transformándose en el oficio al que ha dedicado más de dos décadas de su vida.

Taller “Costuritas”, espacio de trabajo de Yoana López. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Un trabajo que cada vez vale menos
A lo largo de los años, Yoana ha visto cómo el oficio de la costura se ha vuelto cada vez más difícil de sostener económicamente. “La economía ha bajado y es muy mal pagado”, comenta. Para ella, independientemente de la empresa o el taller, el trabajo de costura continúa siendo poco valorado frente al tiempo y esfuerzo que requiere.
Detrás de cada arreglo existe un proceso largo y especializado, pero muchas personas continúan percibiendo las composturas como algo sencillo o demasiado caro.
“Si vieran todo lo que hay detrás, no regatearían”, explica.
Dentro del taller, cada reparación implica tiempo, materiales, mantenimiento de máquinas, pago de renta y horas de trabajo físico constante. Gran parte de los clientes suele enfocarse únicamente en el resultado final y no en el proceso que existe detrás de una costura.
Para Yoana, el desgaste no solo es económico, sino también físico y emocional, resultado de un oficio que exige precisión, paciencia y largas jornadas de trabajo.

Detrás de las costuras hay horas de trabajo manual que muchas veces pasan desapercibidas para quienes llegan al taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Costura, consumo y desvalorización de los talleres
Desde la opinión de la costurera, uno de los cambios más visibles dentro de la industria textil ha sido la llegada de prendas cada vez más baratas y de menor calidad, provocando que menos personas acudan a los talleres, ya que muchas prefieren comprar ropa nueva antes que repararla.
“Viene menos gente porque encuentran ropa muy económica”, explica. No obstante, señala que gran parte de esas prendas están hechas con telas y costuras más frágiles que se desgastan rápidamente.
Asimismo, menciona que dentro de las maquilas los procesos de confección también han cambiado, ya que anteriormente se utilizaban distintas máquinas y varias personas participaban en la elaboración de una sola prenda. En cambio, actualmente muchas máquinas realizan varias funciones al mismo tiempo, lo que acelera la producción y reduce costos para las empresas.
“Jalas un hilo y se deshilacha prácticamente todo por la mala calidad de la tela”, comenta. Por lo que este tipo de producción, señala, está directamente relacionada con el fast fashion, debido a sus maneras económicas de fabricar, pero con menor durabilidad.
Ella explica que los clientes le dicen “es una cosita pequeña de coser”, sin considerar que el proceso implica descoser, armar otra vez, buscar el tono del hilo y revisar que todo quede bien, explica. Aún así, muchas personas continúan cuestionando el costo de las composturas sin considerar el trabajo manual que implican.
En muchos casos, incluso, el arreglo puede llegar a costar más que la propia prenda, especialmente cuando se trata de ropa adquirida en línea o de baja calidad. Sin embargo, para Yoana, reparar también representa una forma de resistencia frente al consumo acelerado de la moda actual.
Dicho lo anterior, muchas prendas terminan en un ciclo de reemplazo constante, pues si no se arreglan bien, se desechan y si no quedan conformes, se vuelven a comprar. “Nunca están conformes, sobre todo con las ventas en línea, donde casi siempre llegan tallas incorrectas”, añade.
El trabajo que habita en las manos
En el taller, el desgaste físico también se vuelve parte de la jornada laboral y una de las principales problemáticas del oficio. “Quieras o no, son las manos, las muñecas… llega un momento en que te duelen y ya no puedes seguir cosiendo”, comenta. En este tipo de trabajos, señala, todo termina volviéndose físico, ya que sin salud, no es posible trabajar.
También habla de otros efectos que observa entre sus compañeras. “Tengo muchísimas a las que les afecta mucho la vista… yo gracias a Dios todavía no, pero ya necesito lentes para la vista cansada”, dice. Igualmente, ella hace énfasis de que no le gusta usarlos y reconoce que el cansancio visual aparece con el tiempo y puede ocasionar accidentes dentro del taller.
Igualmente, con el tiempo se presentan dolores constantes en el cuerpo. “Las artritis… los huesos, la muñeca, el hombro y, en un momento dado, los pies”, menciona. En su caso, describe un dolor en una de sus piernas provocado por el movimiento constante de la máquina de coser, resultado de las largas horas cosiendo.
Mientras tanto, para poder sobrellevar el desgaste, intenta moverse durante el día. “Yo sí me paro, camino… porque si estuviera las ocho horas pegada hacia abajo, ya no estaría trabajando”, explica.
Desde su experiencia, el ritmo de producción en algunas fábricas intensifica este desgaste. “Es gastarte la vista, el cuerpo, gastarte todo”, afirma. Son jornadas continuas sin pausas, que no solo afectan la vista, sino también las manos, la postura y el cuerpo entero.

La costura continúa siendo un trabajo manual y minucioso frente al crecimiento del consumo acelerado y la producción masiva. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

El trabajo de costura deja una huella física constante en el cuerpo, especialmente en las manos, que con el tiempo reflejan el desgaste del oficio. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
El reto detrás de cada prenda
Yoana confirma que cada prenda que llega al taller se convierte en un reto distinto. “En el caso mío, llegan y me dicen: ‘arréglame este vestido’, yo no sé diseñar, pero empiezo a imaginarme varios diseños en mi cabeza”, explica. De modo que esos arreglos se transforman en desafíos que disfruta resolver.
A su vez, la costurera menciona: “Para mí son retos, y me fascinan los retos”. Hay composturas que incluso parecen imposibles: “No tienen ni pie ni cabeza, y me dicen: hazlo como puedas, como quieras”. A partir de ahí, comienza un proceso de imaginación y análisis antes de tocar la tela.
Uno de sus momentos más significativos es al mostrar los resultados de sus prendas. “Cuando entrego algo y me dicen ‘no, va a quedar mal’, y luego días después lo ven y me dicen: ‘no inventes, quedó muy bien’”, cuenta. Para ella, esa reacción forma parte de la satisfacción de su trabajo.
También explica cómo suele ser honesta con los clientes sobre los resultados posibles. “Yo mi trabajo te lo vendo un 70%”, dice, advirtiendo que el resultado será funcional, pero no perfecto.
De igual manera, lo que expresan sus clientes es su mayor motivación. “Que me digan: ya ves que sí se puede, ya ves qué hermoso te quedó”, exclama. Son esos pequeños comentarios los que marcan la diferencia en su vida laboral.

Entre telas y familia
Finalmente, Yoana habla de cómo la costurería se entrelaza con su vida familiar. “Tengo dos hijas… la más chica tiene 10 años, es la que viene aquí al taller después de la escuela y escucha todo lo que le comentó a los clientes”, cuenta. Entre la rutina del taller, su hija convive con el ritmo del trabajo y observa las distintas formas de arreglar la ropa.
Incluso, en ocasiones observa y opina sobre las prendas. “Oye mamá, ¿y si le haces esto? porque también eso sirve”, relata, sorprendida de cómo interpreta lo que ve y escucha en el taller.
Con el tiempo, la más pequeña ha comenzado a comprender el proceso detrás de cada prenda, y para Yoana esto también se ha convertido en una forma de enseñanza cotidiana: “Quieras o no, le estás dando la idea de que todo se puede arreglar”, destaca.
Cada arreglo representa un desafío distinto que requiere interpretación, experiencia y creatividad para devolverle vida a cada prenda en el taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Además, reconoce que le gusta que su hija valore su trabajo. “Luego ha visto… ‘ay mamá, ya es tarde, ¿no estás cansada?’”, comenta, demostrando que todo este esfuerzo lo hace por ellas.
Al final, entre telas, máquinas de coser y jornadas largas, el taller no solo es un espacio de trabajo, sino un lugar donde el trabajo, la familia y la lucha se tejen entre sí.
El sonido constante de las máquinas de coser llena el pequeño local mientras las agujas atraviesan telas una y otra vez. Con las manos marcadas por años de costura y la música sonando a todo volumen, Yoana López recibe a sus clientes entre montones de prendas por reparar en “Costurita”, un taller dedicado a arreglos textiles que forma parte de una franquicia en México. Antes de comenzar cualquier arreglo, examina cada pieza cuidadosamente: toca las telas, revisa las puntadas y piensa cómo transformar ropa dañada para devolverle una segunda vida.
Desde hace 25 años, Yoana López se dedica a la costura, un oficio que aprendió por necesidad económica y que hoy representa su principal fuente de ingreso y el sustento de su familia. Como ella, miles de mujeres forman parte de la industria textil en el país, un sector marcado por la informalidad, los bajos salarios y el auge del fast fashion, donde las prendas son cada vez más baratas, pero el trabajo detrás de ellas continúa siendo precario. Tan solo en México, 1.1 millones de personas trabajan en la industria de la indumentaria y, de acuerdo con un informe de Data México, el 81% lo hace desde la informalidad, siendo las mujeres quienes enfrentan condiciones laborales aún más precarias dentro del sector (Olvera, 2025).
Por ende, el trabajo en el taller requiere tiempo, paciencia y esfuerzo físico constante, aunque muchas veces es percibido por sus clientes como “una costura rápida”, sin considerar el proceso, el desgaste en el cuerpo y las horas de trabajo que hay detrás de cada reparación. Entonces, ¿qué hay realmente detrás de una simple costura?
Aunque hoy la costura representa el sustento de su familia, Yoana nunca imaginó dedicarse a ello. Durante su etapa escolar llegó a aprender costura en la secundaria, pero en ese momento era una actividad que no disfrutaba. Sin embargo, el oficio ya formaba parte de su entorno familiar: su madre estudió diseño y otras mujeres de su familia también trabajaban como modistas.
“Era lo que más odiaba”, recuerda entre risas. “Y es lo que mira, me ha sacado adelante”.
Con el paso del tiempo, aquello que parecía lejano terminó convirtiéndose en una herramienta de trabajo, estabilidad económica y aprendizaje cotidiano. Lo que comenzó como una necesidad terminó transformándose en el oficio al que ha dedicado más de dos décadas de su vida.
Puntadas que sostienen historia
Un trabajo que cada vez vale menos
A lo largo de los años, Yoana ha visto cómo el oficio de la costura se ha vuelto cada vez más difícil de sostener económicamente. “La economía ha bajado y es muy mal pagado”, comenta. Para ella, independientemente de la empresa o el taller, el trabajo de costura continúa siendo poco valorado frente al tiempo y esfuerzo que requiere.
Detrás de cada arreglo existe un proceso largo y especializado, pero muchas personas continúan percibiendo las composturas como algo sencillo o demasiado caro.
“Si vieran todo lo que hay detrás, no regatearían”, explica.
Dentro del taller, cada reparación implica tiempo, materiales, mantenimiento de máquinas, pago de renta y horas de trabajo físico constante. Gran parte de los clientes suele enfocarse únicamente en el resultado final y no en el proceso que existe detrás de una costura.
Para Yoana, el desgaste no solo es económico, sino también físico y emocional, resultado de un oficio que exige precisión, paciencia y largas jornadas de trabajo.
Costura, consumo y desvalorización de los talleres
Desde la opinión de la costurera, uno de los cambios más visibles dentro de la industria textil ha sido la llegada de prendas cada vez más baratas y de menor calidad, provocando que menos personas acudan a los talleres, ya que muchas prefieren comprar ropa nueva antes que repararla.
“Viene menos gente porque encuentran ropa muy económica”, explica. No obstante, señala que gran parte de esas prendas están hechas con telas y costuras más frágiles que se desgastan rápidamente.
Asimismo, menciona que dentro de las maquilas los procesos de confección también han cambiado, ya que anteriormente se utilizaban distintas máquinas y varias personas participaban en la elaboración de una sola prenda. En cambio, actualmente muchas máquinas realizan varias funciones al mismo tiempo, lo que acelera la producción y reduce costos para las empresas.
“Jalas un hilo y se deshilacha prácticamente todo por la mala calidad de la tela”, comenta. Por lo que este tipo de producción, señala, está directamente relacionada con el fast fashion, debido a sus maneras económicas de fabricar, pero con menor durabilidad.
Ella explica que los clientes le dicen “es una cosita pequeña de coser”, sin considerar que el proceso implica descoser, armar otra vez, buscar el tono del hilo y revisar que todo quede bien, explica. Aún así, muchas personas continúan cuestionando el costo de las composturas sin considerar el trabajo manual que implican.
En muchos casos, incluso, el arreglo puede llegar a costar más que la propia prenda, especialmente cuando se trata de ropa adquirida en línea o de baja calidad. Sin embargo, para Yoana, reparar también representa una forma de resistencia frente al consumo acelerado de la moda actual.
Dicho lo anterior, muchas prendas terminan en un ciclo de reemplazo constante, pues si no se arreglan bien, se desechan y si no quedan conformes, se vuelven a comprar. “Nunca están conformes, sobre todo con las ventas en línea, donde casi siempre llegan tallas incorrectas”, añade.
El trabajo que habita en las manos

La costura continúa siendo un trabajo manual y minucioso frente al crecimiento del consumo acelerado y la producción masiva. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
El reto detrás de cada prenda
Yoana confirma que cada prenda que llega al taller se convierte en un reto distinto. “En el caso mío, llegan y me dicen: ‘arréglame este vestido’, yo no sé diseñar, pero empiezo a imaginarme varios diseños en mi cabeza”, explica. De modo que esos arreglos se transforman en desafíos que disfruta resolver.
A su vez, la costurera menciona: “Para mí son retos, y me fascinan los retos”. Hay composturas que incluso parecen imposibles: “No tienen ni pie ni cabeza, y me dicen: hazlo como puedas, como quieras”. A partir de ahí, comienza un proceso de imaginación y análisis antes de tocar la tela.
Uno de sus momentos más significativos es al mostrar los resultados de sus prendas. “Cuando entrego algo y me dicen ‘no, va a quedar mal’, y luego días después lo ven y me dicen: ‘no inventes, quedó muy bien’”, cuenta. Para ella, esa reacción forma parte de la satisfacción de su trabajo.
También explica cómo suele ser honesta con los clientes sobre los resultados posibles. “Yo mi trabajo te lo vendo un 70%”, dice, advirtiendo que el resultado será funcional, pero no perfecto.
De igual manera, lo que expresan sus clientes es su mayor motivación. “Que me digan: ya ves que sí se puede, ya ves qué hermoso te quedó”, exclama. Son esos pequeños comentarios los que marcan la diferencia en su vida laboral.

El trabajo de costura deja una huella física constante en el cuerpo, especialmente en las manos, que con el tiempo reflejan el desgaste del oficio.
Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
La historia de Yoana López refleja las condiciones laborales que enfrentan miles de costureras en México, en una industria marcada por la precarización y el consumo acelerado.
En el taller, el desgaste físico también se vuelve parte de la jornada laboral y una de las principales problemáticas del oficio. “Quieras o no, son las manos, las muñecas… llega un momento en que te duelen y ya no puedes seguir cosiendo”, comenta. En este tipo de trabajos, señala, todo termina volviéndose físico, ya que sin salud, no es posible trabajar.
También habla de otros efectos que observa entre sus compañeras. “Tengo muchísimas a las que les afecta mucho la vista… yo gracias a Dios todavía no, pero ya necesito lentes para la vista cansada”, dice.
Igualmente, ella hace énfasis de que no le gusta usarlos y reconoce que el cansancio visual aparece con el tiempo y puede ocasionar accidentes dentro del taller.
Igualmente, con el tiempo se presentan dolores constantes en el cuerpo. “Las artritis… los huesos, la muñeca, el hombro y, en un momento dado, los pies”, menciona. En su caso, describe un dolor en una de sus piernas provocado por el movimiento constante de la máquina de coser, resultado de las largas horas cosiendo.
Mientras tanto, para poder sobrellevar el desgaste, intenta moverse durante el día. “Yo sí me paro, camino… porque si estuviera las ocho horas pegada hacia abajo, ya no estaría trabajando”, explica.
Desde su experiencia, el ritmo de producción en algunas fábricas intensifica este desgaste. “Es gastarte la vista, el cuerpo, gastarte todo”, afirma. Son jornadas continuas sin pausas, que no solo afectan la vista, sino también las manos, la postura y el cuerpo entero.

Detrás de las costuras hay horas de trabajo manual que muchas veces pasan desapercibidas para quienes llegan al taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

Cada arreglo representa un desafío distinto que requiere interpretación, experiencia y creatividad para devolverle vida a cada prenda en el taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Entre telas y familia
Finalmente, Yoana habla de cómo la costurería se entrelaza con su vida familiar. “Tengo dos hijas… la más chica tiene 10 años, es la que viene aquí al taller después de la escuela y escucha todo lo que le comento a los clientes”, cuenta. Entre la rutina del taller, su hija convive con el ritmo del trabajo y observa las distintas formas de arreglar la ropa.
Incluso, en ocasiones observa y opina sobre las prendas. “Oye mamá, ¿y si le haces esto? porque también eso sirve”, relata, sorprendida de cómo interpreta lo que ve y escucha en el taller.
Con el tiempo, la más pequeña ha comenzado a comprender el proceso detrás de cada prenda, y para Yoana esto también se ha convertido en una forma de enseñanza cotidiana: “Quieras o no, le estás dando la idea de que todo se puede arreglar”, destaca.
Además, reconoce que le gusta que su hija valore su trabajo. “Luego ha visto… ‘ay mamá, ya es tarde, ¿no estás cansada?’”, comenta, demostrando que todo este esfuerzo lo hace por ellas.
Al final, entre telas, máquinas de coser y jornadas largas, el taller no solo es un espacio de trabajo, sino un lugar donde el trabajo, la familia y la lucha se tejen entre sí.

Entre máquinas, telas y jornadas de trabajo, el taller también se convierte en un espacio de aprendizaje y resistencia. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
El sonido constante de las máquinas de coser llena el pequeño local mientras las agujas atraviesan telas una y otra vez. Con las manos marcadas por años de costura y la música sonando a todo volumen, Yoana López recibe a sus clientes entre montones de prendas por reparar en “Costurita”, un taller dedicado a arreglos textiles que forma parte de una franquicia en México. Antes de comenzar cualquier arreglo, examina cada pieza cuidadosamente: toca las telas, revisa las puntadas y piensa cómo transformar ropa dañada para devolverle una segunda vida.
Desde hace 25 años, Yoana López se dedica a la costura, un oficio que aprendió por necesidad económica y que hoy representa su principal fuente de ingreso y el sustento de su familia. Como ella, miles de mujeres forman parte de la industria textil en el país, un sector marcado por la informalidad, los bajos salarios y el auge del fast fashion, donde las prendas son cada vez más baratas, pero el trabajo detrás de ellas continúa siendo precario. Tan solo en México, 1.1 millones de personas trabajan en la industria de la indumentaria y, de acuerdo con un informe de Data México, el 81% lo hace desde la informalidad, siendo las mujeres quienes enfrentan condiciones laborales aún más precarias dentro del sector (Olvera, 2025).
Por ende, el trabajo en el taller requiere tiempo, paciencia y esfuerzo físico constante, aunque muchas veces es percibido por sus clientes como “una costura rápida”, sin considerar el proceso, el desgaste en el cuerpo y las horas de trabajo que hay detrás de cada reparación. Entonces, ¿qué hay realmente detrás de una simple costura?
Aunque hoy la costura representa el sustento de su familia, Yoana nunca imaginó dedicarse a ello. Durante su etapa escolar llegó a aprender costura en la secundaria, pero en ese momento era una actividad que no disfrutaba. Sin embargo, el oficio ya formaba parte de su entorno familiar: su madre estudió diseño y otras mujeres de su familia también trabajaban como modistas.
“Era lo que más odiaba”, recuerda entre risas. “Y es lo que mira, me ha sacado adelante”.
Con el paso del tiempo, aquello que parecía lejano terminó convirtiéndose en una herramienta de trabajo, estabilidad económica y aprendizaje cotidiano. Lo que comenzó como una necesidad terminó transformándose en el oficio al que ha dedicado más de dos décadas de su vida.
Puntadas que sostienen historia
Un trabajo que cada vez vale menos
A lo largo de los años, Yoana ha visto cómo el oficio de la costura se ha vuelto cada vez más difícil de sostener económicamente. “La economía ha bajado y es muy mal pagado”, comenta. Para ella, independientemente de la empresa o el taller, el trabajo de costura continúa siendo poco valorado frente al tiempo y esfuerzo que requiere.
Detrás de cada arreglo existe un proceso largo y especializado, pero muchas personas continúan percibiendo las composturas como algo sencillo o demasiado caro.
“Si vieran todo lo que hay detrás, no regatearían”, explica.
Dentro del taller, cada reparación implica tiempo, materiales, mantenimiento de máquinas, pago de renta y horas de trabajo físico constante. Gran parte de los clientes suele enfocarse únicamente en el resultado final y no en el proceso que existe detrás de una costura.
Para Yoana, el desgaste no solo es económico, sino también físico y emocional, resultado de un oficio que exige precisión, paciencia y largas jornadas de trabajo.
Costura, consumo y desvalorización de los talleres
Desde la opinión de la costurera, uno de los cambios más visibles dentro de la industria textil ha sido la llegada de prendas cada vez más baratas y de menor calidad, provocando que menos personas acudan a los talleres, ya que muchas prefieren comprar ropa nueva antes que repararla.
“Viene menos gente porque encuentran ropa muy económica”, explica. No obstante, señala que gran parte de esas prendas están hechas con telas y costuras más frágiles que se desgastan rápidamente.
Asimismo, menciona que dentro de las maquilas los procesos de confección también han cambiado, ya que anteriormente se utilizaban distintas máquinas y varias personas participaban en la elaboración de una sola prenda. En cambio, actualmente muchas máquinas realizan varias funciones al mismo tiempo, lo que acelera la producción y reduce costos para las empresas.
“Jalas un hilo y se deshilacha prácticamente todo por la mala calidad de la tela”, comenta. Por lo que este tipo de producción, señala, está directamente relacionada con el fast fashion, debido a sus maneras económicas de fabricar, pero con menor durabilidad.
Ella explica que los clientes le dicen “es una cosita pequeña de coser”, sin considerar que el proceso implica descoser, armar otra vez, buscar el tono del hilo y revisar que todo quede bien, explica. Aún así, muchas personas continúan cuestionando el costo de las composturas sin considerar el trabajo manual que implican.
En muchos casos, incluso, el arreglo puede llegar a costar más que la propia prenda, especialmente cuando se trata de ropa adquirida en línea o de baja calidad. Sin embargo, para Yoana, reparar también representa una forma de resistencia frente al consumo acelerado de la moda actual.
Dicho lo anterior, muchas prendas terminan en un ciclo de reemplazo constante, pues si no se arreglan bien, se desechan y si no quedan conformes, se vuelven a comprar. “Nunca están conformes, sobre todo con las ventas en línea, donde casi siempre llegan tallas incorrectas”, añade.
El trabajo que habita en las manos

La costura continúa siendo un trabajo manual y minucioso frente al crecimiento del consumo acelerado y la producción masiva. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
El reto detrás de cada prenda
Yoana confirma que cada prenda que llega al taller se convierte en un reto distinto. “En el caso mío, llegan y me dicen: ‘arréglame este vestido’, yo no sé diseñar, pero empiezo a imaginarme varios diseños en mi cabeza”, explica. De modo que esos arreglos se transforman en desafíos que disfruta resolver.
A su vez, la costurera menciona: “Para mí son retos, y me fascinan los retos”. Hay composturas que incluso parecen imposibles: “No tienen ni pie ni cabeza, y me dicen: hazlo como puedas, como quieras”. A partir de ahí, comienza un proceso de imaginación y análisis antes de tocar la tela.
Uno de sus momentos más significativos es al mostrar los resultados de sus prendas. “Cuando entrego algo y me dicen ‘no, va a quedar mal’, y luego días después lo ven y me dicen: ‘no inventes, quedó muy bien’”, cuenta. Para ella, esa reacción forma parte de la satisfacción de su trabajo.
También explica cómo suele ser honesta con los clientes sobre los resultados posibles. “Yo mi trabajo te lo vendo un 70%”, dice, advirtiendo que el resultado será funcional, pero no perfecto.
De igual manera, lo que expresan sus clientes es su mayor motivación. “Que me digan: ya ves que sí se puede, ya ves qué hermoso te quedó”, exclama. Son esos pequeños comentarios los que marcan la diferencia en su vida laboral.

El trabajo de costura deja una huella física constante en el cuerpo, especialmente en las manos, que con el tiempo reflejan el desgaste del oficio.
Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
La historia de Yoana López refleja las condiciones laborales que enfrentan miles de costureras en México, en una industria marcada por la precarización y el consumo acelerado.
En el taller, el desgaste físico también se vuelve parte de la jornada laboral y una de las principales problemáticas del oficio. “Quieras o no, son las manos, las muñecas… llega un momento en que te duelen y ya no puedes seguir cosiendo”, comenta. En este tipo de trabajos, señala, todo termina volviéndose físico, ya que sin salud, no es posible trabajar.
También habla de otros efectos que observa entre sus compañeras. “Tengo muchísimas a las que les afecta mucho la vista… yo gracias a Dios todavía no, pero ya necesito lentes para la vista cansada”, dice.
Igualmente, ella hace énfasis de que no le gusta usarlos y reconoce que el cansancio visual aparece con el tiempo y puede ocasionar accidentes dentro del taller.
Igualmente, con el tiempo se presentan dolores constantes en el cuerpo. “Las artritis… los huesos, la muñeca, el hombro y, en un momento dado, los pies”, menciona. En su caso, describe un dolor en una de sus piernas provocado por el movimiento constante de la máquina de coser, resultado de las largas horas cosiendo.
Mientras tanto, para poder sobrellevar el desgaste, intenta moverse durante el día. “Yo sí me paro, camino… porque si estuviera las ocho horas pegada hacia abajo, ya no estaría trabajando”, explica.
Desde su experiencia, el ritmo de producción en algunas fábricas intensifica este desgaste. “Es gastarte la vista, el cuerpo, gastarte todo”, afirma. Son jornadas continuas sin pausas, que no solo afectan la vista, sino también las manos, la postura y el cuerpo entero.

Detrás de las costuras hay horas de trabajo manual que muchas veces pasan desapercibidas para quienes llegan al taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

Cada arreglo representa un desafío distinto que requiere interpretación, experiencia y creatividad para devolverle vida a cada prenda en el taller. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Entre telas y familia
Finalmente, Yoana habla de cómo la costurería se entrelaza con su vida familiar. “Tengo dos hijas… la más chica tiene 10 años, es la que viene aquí al taller después de la escuela y escucha todo lo que le comento a los clientes”, cuenta. Entre la rutina del taller, su hija convive con el ritmo del trabajo y observa las distintas formas de arreglar la ropa.
Incluso, en ocasiones observa y opina sobre las prendas. “Oye mamá, ¿y si le haces esto? porque también eso sirve”, relata, sorprendida de cómo interpreta lo que ve y escucha en el taller.
Con el tiempo, la más pequeña ha comenzado a comprender el proceso detrás de cada prenda, y para Yoana esto también se ha convertido en una forma de enseñanza cotidiana: “Quieras o no, le estás dando la idea de que todo se puede arreglar”, destaca.
Además, reconoce que le gusta que su hija valore su trabajo. “Luego ha visto… ‘ay mamá, ya es tarde, ¿no estás cansada?’”, comenta, demostrando que todo este esfuerzo lo hace por ellas.
Al final, entre telas, máquinas de coser y jornadas largas, el taller no solo es un espacio de trabajo, sino un lugar donde el trabajo, la familia y la lucha se tejen entre sí.

Entre máquinas, telas y jornadas de trabajo, el taller también se convierte en un espacio de aprendizaje y resistencia. Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)
Bibliografía:
Olvera, J. (2025). Informalidad, precariedad laboral y bajos salarios: esto enfrentan las mujeres en la industria indumentaria - IMER Noticias. https://noticias.imer.mx/blog/informalidad-precariedad-laboral-y-bajos-salarios-esto-enfrentan-las-mujeres-en-la-industria-indumentaria/