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Por:  Titay Pérez  y Melanie Escalante Góngora

“¡Aficionados que viven la intensidad del fútbol!”. Con estas palabras, Enrique 'Perro' Bermúdez abría las transmisiones de los partidos de cada fin de semana, las copas internacionales y los mundiales que marcaron a generaciones enteras.  Esta es una frase popular que millennials, boomers, generación X y generación Z reconocen de inmediato, porque el fútbol no solo se mira, se recuerda, se hereda y se comparte. Y ese mismo grito volverá a escucharse este año, cuando México, Estados Unidos y Canadá sean sede de la próxima Copa Mundial de la FIFA 2026.

Finalmente, el Mundial promete ser una celebración global, ya que miles de personas seguirán los partidos en todo el mundo y las redes sociales convertirán cada jugada en tendencia mundial. Se vivirán emociones reales, memoria colectiva y momentos históricos, pero también habrá una realidad imposible de ignorar: no todos vivirán esa fiesta desde el mismo lugar.

Mientras unos consumen la experiencia desde zonas VIP, paquetes exclusivos y mercancía limitada, otros lo harán desde espacios mucho más precarios, improvisando maneras de sentirse parte. Probablemente serán estos últimos quienes sostengan la verdadera pasión colectiva que hace del fútbol un fenómeno cultural tan poderoso. Después de todo, nadie compra solamente una camiseta; lo que realmente se compra es el derecho simbólico de sentirse parte de algo.

Quizás la verdadera discusión no sea si existe o no la piratería, ni siquiera cuánto cuesta un boleto o una camiseta oficial. La pregunta de fondo es quién puede participar plenamente en una celebración que se presenta como universal. Porque si el fútbol se construyó históricamente desde las calles, los barrios y las comunidades que lo convirtieron en el deporte más popular del mundo, resulta inevitable cuestionar por qué cada vez más de esas personas quedan fuera de las formas oficiales de vivirlo.

Por consiguiente, la piratería incómoda porque rompe con la idea de que solamente quien puede pagar merece pertenecer. Desordena las jerarquías tradicionales del consumo y hace visible algo que el capitalismo cultural intenta ocultar constantemente: el deseo es colectivo, pero el acceso no.

Y esto no ocurre solamente en el fútbol; sucede en la música, en la moda, en los conciertos, en el arte y en prácticamente cualquier espacio donde la identidad se convierte en mercancía. El capitalismo contemporáneo no vende productos; vende experiencias, símbolos y aspiraciones. Lo importante no es la camiseta como objeto físico; lo que realmente importa es lo que representa socialmente.

En este sentido, Gilles Lipovetsky en El imperio de lo efímero, explica cómo la moda dejó de ser un simple lujo para convertirse en un sistema basado en el deseo, lo simbólico y lo temporal. La moda funciona porque genera constantemente la necesidad de pertenecer a algo antes de que desaparezca. Y el jersey mundialista encaja perfectamente en esa lógica porque no es una prenda pensada para durar décadas; es una pieza emocional diseñada para un momento específico (Lipovetsky, 2002).

De igual forma, el mundial dura unas semanas y la emoción colectiva también. Por eso el consumo alrededor del evento es tan intenso, porque lo que realmente se compra es la posibilidad de participar en el momento y quedarse fuera de ese momento implica exclusión cultural, algo que muchas personas no están dispuestas a aceptar.

En este sentido, los eventos futbolísticos son rituales sociales contemporáneos, ya que se viven en colectivo y transforman salas, restaurantes, bares y espacios públicos en lugares de encuentro emocional. Durante un partido de la selección nacional desaparecen, al menos momentáneamente, ciertas divisiones sociales, políticas o regionales, de tal forma que personas completamente distintas se abrazan por un gol como si compartieran la misma historia.

Sin embargo, dentro de esa aparente unidad existe una línea invisible marcada por el dinero. Porque aunque todos puedan gritar el “gol”, no todos pueden acceder a la versión “correcta” de vivir el evento. No todos pueden pagar el estadio, la mercancía oficial o las experiencias premium que rodean al mundial. Esto pone en evidencia una contradicción profunda: el fútbol necesita emocionalmente de las masas, pero económicamente cada vez depende más de incluirlas.

Además, la comercialización extrema del deporte ha transformado la pasión popular en un producto de lujo. Actualmente, el fútbol no solo vende partidos; vende membresías emocionales, vende acceso, vende exclusividad, vende estatus. El aficionado deja de ser únicamente espectador para convertirse en consumidor permanente, pues mientras más grande es el evento, más agresiva se vuelve esa lógica.

La Copa Mundial de la FIFA no es solo una competencia deportiva; es una maquinaria gigantesca de patrocinio, turismo, moda, marketing, contaminación ambiental y consumo global. Todo alrededor del evento está diseñado para monetizar la emoción colectiva, desde colaboraciones de lujo hasta colecciones limitadas, campañas digitales y mercancía de tianguis.

A pesar de esto, la emoción sigue naciendo desde abajo. Surge en las reuniones improvisadas para ver el partido, en las camisetas compradas en el tianguis porque quieren sentirse parte de algo más grande que su rutina diaria, y en quienes no pueden viajar al estadio, pero viven cada partido con una intensidad imposible de medir económicamente.

Y quizás ahí nace otra pregunta incómoda: ¿qué es más auténtico, el producto o la emoción? Porque una camiseta oficial no garantiza pasión, del mismo modo en que una camiseta pirata no invalida la pertenencia emocional. El problema es que el sistema insiste constantemente en asociar legitimidad con capacidad de compra, como si el amor por el fútbol pudiera medirse mediante tickets, ediciones especiales o productos certificados.

Al plantearnos lo anterior, la identidad colectiva nunca ha funcionado así, pues la cultura popular, históricamente, ha encontrado maneras alternativas de apropiarse de símbolos que le son negados económicamente. La piratería forma parte de esa lógica: se trata de una forma de acceso informal a experiencias que, oficialmente, están reservadas para quienes tienen mayor poder adquisitivo.

Por lo tanto, esto no significa romantizar las condiciones laborales detrás de la piratería ni ignorar sus propias contradicciones, sino comprender que su existencia evidencia una fractura social más amplia. Cuando millones de personas recurren a versiones alternativas de consumo, lo que se expone no es únicamente un problema económico, sino una desigualdad cultural profundamente arraigada.

Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

Fotos: Melanie Escalante Góngora (2026)

La Copa Mundial de 2026 volverá a llenar estadios, romper récords de audiencia y generar millones de historias compartidas. No obstante, también pondrá en evidencia las diferencias entre quienes pueden comprar la experiencia completa y quienes deben conformarse con observar desde la distancia. Y aunque la pasión seguirá siendo colectiva, el acceso seguirá estando marcado por profundas desigualdades.

Al final, el fútbol continúa siendo capaz de unir a millones de personas alrededor de una misma emoción. Sin embargo, cuando la pertenencia tiene un precio cada vez más alto, surge la duda de si esa celebración realmente está pensada para todos. Porque si el Mundial representa al mundo entero, entonces la respuesta a una última pregunta queda en manos del lector: ¿es realmente un Mundial para todos o solo para algunos?

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El fútbol ha sido vendido históricamente como el deporte del pueblo, siendo uno de los más accesibles y capaz de jugarse en la calle, en una cancha de tierra o en cualquier rincón de la colonia, con una pelota improvisada y dos piedras como portería. Además, es un fenómeno capaz de unir familias, amistades y comunidades enteras. Sin embargo, detrás de esa narrativa romántica existe una contradicción incómoda, ya que quienes más consumen emocionalmente el fútbol son quienes menos acceso tienen a vivirlo de manera “oficial”.

En realidad, el problema nunca ha sido amar el fútbol; el problema es cuánto cuesta pertenecer a él. Mientras el mundial se promociona como una fiesta global, la realidad es que se consume de manera profundamente desigual. Los boletos para asistir a los partidos pueden ir desde aproximadamente $2,400 MXN hasta más de $78,500 MXN, dependiendo de la fase, la zona, la ubicación y los paquetes disponibles, además de la movilidad a la sede, alimentos y hospedaje. En un país donde el salario mínimo mensual ronda los $9,582 MXN, asistir a un solo partido puede representar semanas completas de trabajo. Poco a poco, el deporte más popular comienza a convertirse en un lujo aspiracional.

Con ello, aparece la pregunta inevitable: ¿para quién es realmente el mundial? Porque mientras las campañas publicitarias hablan de unión, identidad nacional y pasión colectiva, millones de personas tendrán que vivir el evento desde afuera: desde la sala de su casa, un restaurante lleno, la pantalla de un celular o una transmisión pirata de internet. Y sí, probablemente con la playera pirata puesta.

No obstante, la piratería no aparece por generación espontánea y no nace porque sí; existe porque hay una demanda real. Mucho antes de que empiece el mundial, los mercados ya están llenos de jerseys clonados, tenis inspirados en ediciones oficiales, gorras, chamarras, el álbum oficial y hasta balones réplica, no solamente en mercados ambulantes, sino también en redes sociales, tiendas digitales y páginas de reventa.

Dicho lo anterior, el fútbol no es neutral, y tampoco  la moda que lo rodea. Portar la camiseta de la selección no significa únicamente usar ropa deportiva, sino decir: “soy parte de este momento” y poder pertenecer a una emoción colectiva, a una narrativa nacional y a un instante histórico. Así, el jersey funciona como un símbolo de identidad compartida. No se compra solamente tela; se compra representación emocional, pero cuando ese símbolo cuesta más de lo que muchas personas pueden pagar, la pertenencia deja de ser colectiva y se convierte en un privilegio.

De esta manera, la piratería funciona como una especie de analgésico social, reduciendo precios, replicando símbolos y democratizando el acceso emocional. A pesar de que, desde el discurso corporativo, se condena como un problema económico o legal, también es importante entenderla como una respuesta estructural a un sistema excluyente.

Por otro lado, es fundamental mencionar que las autoridades mexicanas y la FIFA han  preparado operativos para evitar la venta de mercancía pirata durante el Mundial 2026, en plazas del Centro Histórico como Izazaga donde la realidad se vive de otra manera. Comerciantes entrevistados explican que los decomisos y revisiones se han vuelto cada vez más frecuentes ante la llegada del torneo. “A veces nos avisan y levantamos la mercancía antes de que lleguen, pero otras veces se llevan todo”, comentó uno de los vendedores anónimos. Otros relatan que durante algunos operativos no solo decomisan playeras y artículos deportivos, sino que también existen multas e incluso riesgo de detenciones.

Para muchos comerciantes, la piratería no representa únicamente una actividad ilegal, sino una forma de subsistencia vinculada al acceso desigual al consumo. “La gente compra porque no le alcanza para lo original”, explica un vendedor anónimo. Igualmente, otro comerciante señala que este mercado ayuda a ambas partes, tanto a quien vende como a quien compra, porque mientras unos encuentran una fuente de ingreso, otros pueden acceder a productos que de otra manera serían inaccesibles.

Por su parte, para quienes producen las playeras réplica defienden que existe un esfuerzo por mejorar materiales y adaptarse a las tendencias que circulan alrededor del fútbol y la moda deportiva. “Ya buscamos mejor calidad de tela y diseños que se parezcan más a los originales porque la gente quiere sentirse parte del momento”, señala uno de los vendedores entrevistados.

En medio de estos  operativos, decomisos y campañas contra la piratería, el conflicto revela algo más profundo que la simple defensa de marcas registradas, la disputa por quién tiene derecho a participar simbólicamente en uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. De hecho, la mayoría de personas no está comprando una copia únicamente por “verse igual”, sino por la posibilidad de sentirse incluida, sobre todo los niños y los adolescentes, que son quienes sienten más orgullo al portar la camiseta.

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Bibliografía: 

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